sábado, 25 de diciembre de 2010

I


Tengo ganas de escribir. Muchas.
Empecé una historia, y acá dejo el comienzo :)Mi plan es devenirla en más partes. 
No sé si llegarán, pero tengo ganas. Muchas. 



Todo me olía rancio. Rancio entendido como mezcla de humedad y espacio donde las cosas han quedado mucho rato por ahí, y el desorden comienza a ponerse espeso. Así no podía dormir. Además lo oscuro del cuarto hacía el perfume más penetrante, como sí fuera demasiado cierto qué al tener en desuso algunos sentidos, el usado se intensificara por defecto. 
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A esa idea, que vino en formato imagen, le procedió una viñeta con dos planos pintados
Naranja y azul. 
Era una escena recortada de algunos meses atrás, donde fuimos a escuchar Milongas en un bar y al lado del escenario, las sillas y la barra, había un patiecito con las paredes así. A mí y a quien sería mi gran compinche -ahora me doy cuenta de qué ese contacto verdadero fue nuestro contrato tácito de camaradería- nos llamó mucho la atención. También por las muchas sangrías bebidas. Estuvimos rato viendo bien de qué colores se trataban, pues al volver a mirarlos crecía el contraste, se hacían más azul, más naranja. 
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Cambié la postura, y me eché de panza con la cabeza hundida en la almohada -tal es mi pose para dormir profundo- a ver si me engañaba. Las ideas ninguneando la propuesta proliferaban -igual que el aroma- así que abrí los ojos y busqué la ventana tratando de atrapar algún vestigio de luz que me devolviera el equilibrio sensorial, y por fin llevara a la deriva del sueño. 
Nada.
Me cansé del propio cansancio y de la actividad de mi psiquis disconexa para con el estado global del cuerpo, generando a toda máquina pensamientos que naturalmente no podía resistir y me llamaban a hilvanar otros tan nuevos como inútiles.
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Asumí los hechos, y pese al descontento, hice lo único podía: dirigir mi mente en línea recta, o curva, cualquiera distinta a esa espiral aletargada e inconducente.
Opté pensar en qué hacer entonces, a esas horas y con toda la situación a cuestas, incluso yo. 
Primero fue difícil. 
El agotamiento me arrastraba de a ratos de esa vorágine mental, hamacándome a lo onírico y revolviéndome las nociones de realidad. En esa disyuntiva entre estadios estuve minutos, horas quizás -cómo saberlo-. Cuando tal vez caería finalmente en el reino de las zetas, la hamaca violentamente paró de mecerse, frenada por un grito qué me dejó en vigilia y con el oído alerta. 
Ya no olía más a rancio, lo bueno.

3 comentarios:

  1. Me hace recordar muchas cosas. Que dificil que es hacer callar a la mente, va a trecientosmil kilometros por segunto y no quiere frenar nunca...
    Y fa... que complicado dormir cuando el olor es rancio y el calor sofoca.
    Continue la historia! sigue con la parte que perdés el celular y corrés por unos pastizales??? jajaja

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  2. No es autobiográfico, ojo -sino formaría parte del compilado de doña verídica-.
    Igual lo de la mente lo es, vamos.


    Che, la primer parte la conozco... Pero cómo es eso de correr por los pastizales??!

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  3. Jajaja no recuerdas? te metiste por un lugar que habia unos pastizales, creo que era cerca de la rambla, alguien te gritó algo y saliste corriendo, ya era de dia casi, luego de salir con tus amigas de dar unas vueltas por ahi después del toque, iban a ir a la bodeguita del sur pero no pintó (por suerte según tu) No recuerdas???

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