jueves, 11 de noviembre de 2010

Silencios Sonoros



-Las cosas que se ven hoy en día. Arremetía de nuevo esa Señora vestida para ir a misa y como mirando las noticias tragicómicas de Montecarlo, tu televisión. Un señor a su lado vichaba la hora en el aparato plateado que llevaba en la muñeca, con un gesto que me convenció de que lo usaba para excusarse, casi como una muletilla -en esos momentos otros se prenderían un pucho o jugarían con el celular- y que el tiempo no le importaba en lo absoluto. Pensé en aquella palabra que hace poco había aprendido y como recién, sobre todo en la primer frase aquí escrita, la cometía dicharachero: pleonasmo -"hoy en día", pss-. En eso la joven que iba a mi izquierda y en diagonal a la Señora -me supuse- católica apostólica, se inclinó para llegar hasta el morral que colgaba demasiado bajo, tanteó un poco algún bolsillito para sacar un teléfono lleno de pegotines -por bobear me fijé de qué eran, cosa imposible de discernir-, y se puso a mandar un mensaje o sacar cuentas ficticias en la calculadora. Me vino a la mente la predicción que había hecho segundos antes mientras miraba al hombre, y me sonreí. Disfruto montones de observar los comportamientos de la gente. Acto seguido me cuestioné por qué coño no me hice detective, con mi metódica fijación en los detalles, quizá ahora andaría en aventuras de la talla de CSI, aunque con menor presupuesto y sin tanta genialidad en los casos, ni creatividad, ni… definitivamente otra talla. Por un flash me salí de la escena metido en esos pensamientos, así qué dejé de ahondar y medio me reprendí mentalmente por la distracción. Volví a mi tarea de observatorio en ese minúsculo espacio en el que confluíamos siete desconocidos por un tramo de nuestras vidas ídem. Una madre o una abuela atrajo a su nieto o su hijo hacia sí, como un acto reflejo ante cualquier posible amenaza. Un niño siguió comiendo su helado, ajeno y mirando a través de los vidrios traslúcidos el latido propio del yopin en su trajín entre bolsa va y paquete viene. Otro se rascó la nariz, instintivamente. Un suspiro se oyó, algo parecido a un perro cansado, y me molestó un poco no detectar de quién procedía, como si fuera Sherlock perdiendo una pista -me causó gracia sobre dimensionar el hecho, viéndome ya encarnizado en el rol de Grissom-. El ascensor subía lento. Por suerte no hacía calor frío ni nada de eso. Me supuse que los hacían así, controlando minuciosamente la condición de necesariedad -llámese confort- en todos los pasos desde la primer pieza para su manufactura hasta la puesta en marcha del aparatejo, reduciendo al mínimo las variables indeseables. Siempre está la excepción que confirma la regla, dicen. Poco a poco se volvía a la normalidad del silencio incómodo. El asunto ya se disolvía y en directa proporción la tensión en el ambiente. Los suspiros de alivio llegaron a coro mientras se abrían las puertas del taper metálico -ahí se me antojó qué para la Señora sería como ver abrirse las del Cielo- y nos fuimos dispersando por la gran tienda –ya no sospeché, supe que para ella tendría forma de nube, arpa incluida-.
Tanta cosa por un pedo, dios.